Powered By Blogger

sábado, 1 de marzo de 2008

Prostituyendo la sana abstención


La abstención es una opción (perdón por la horrible rima). Como opción: significa libertad. Libertad de poder elegir dicha opción: es una perogrullada fácilmente olvidada por proselitistas de todos los colores y pontificadores varios.

Si ya lo teníamos difícil algunos intentando hacer entender a mentes mínimamente funcionales, que abstenerse no es favorecer ni a la derecha ni a la izquierda (dos entelequias históricas), ahora vienen los salvapatrias de turno y nos dejan en mal lugar: ¿nos contarán ahora entre sus seguidores? ¡A mi no me pillan, señores!

El voto nulo, el voto en blanco y el voto “por cabreo” a partidos pintorescos: todo ello reivindico para quien como yo se vea en tal tesitura.

Que los grandes partidos a quien elegir (dos) sigan pareciéndose cada vez más, sobre todo sus máximas cabezas visibles, a guiñoles o “muñegotes” enseñándonos cartelitos para bobos con una flecha que sube hasta el cielo (como nuestros impuestos) o bajando a los infiernos (como nuestros sueldos), no dice sino en nuestro favor. Los hay que nos abstenemos por no estar de acuerdo con un sistema electoral que valdría mil veces más la pena si lo fuera por representación real, incluido un sistema de listas. ¿Por qué no votar a la persona y no a la sigla?: los nominalistas estaríamos encantados. Las siglas de hoy, son los “universales” platónicos de ayer. Por ejemplo: los "salvadores" que emplean la palabra: "pueblo", saben que dicho "universal" substituye al Dios de antaño.

Que el quiera vote: ¿respetará quien tal derecho ejerce el nuestro, es decir, el derecho a abstenernos?

Quieren ocupar nuestro lugar: ocupemos el suyo. Votemos a quien les incomode o no engrosemos masas de abstencionistas manipuladas, votando en blanco.

Y, por favor, sean civilizados y no se parezcan a ninguno –ninguno- de los cabezas de lista de cualquier partido –de cualquiera: desde las ocho mil falanges a los diez mil partidillos comunistas.

Somos ciudadanos, contribuyentes, somos: ellos sólo son retóricos. Nada dicen. Nada. Mercachifles son. No mucho más.

lunes, 18 de febrero de 2008

Lectura que reconcilia.


Cierto es que no pocos datos sociológicos en cuanto a los hábitos de lectura, se basan erróneamente en la simple “compra” de libros. Pero reconozco que me reconcilio con Navarra algunas veces: estudios recientes ponen a esta nuestra comunidad en un buen lugar. Cine, música y lectura habitual, aparecen como nuestros puntales con respecto a las demás comunidades autónomas.

No ha mucho que me quejaba, charlando con unos familiares, de la escasez de lo que me gusta denominar como “lectores de parque”, en una ciudad donde no precisamente escasean las zonas verdes. La cosa va variando o tal vez sea yo: cosas de una edad que se encamina vertiginosamente hacia el cambio de década. Será por ello que me vea más esperanzado, al menos, en este tema. Creo que la relación con el libro en cuestión, relación incluso física, es muy diferente en el Reino Unido o en Nueva York que aquí, pero lo cierto es que la gente lee. Y no sólo prensa, que también es bueno (¡díganmelo a mí!).

No soy ni aspiro a ser sociólogo, me decanto –como bien saben los pacientes y amables lectores- por la Filosofía (“¿Filosofía, para qué?”: me espetan aún hoy los pequeñines ignorantes; “Para responder a preguntas estúpidas”, contestaba y contesto yo arriesgándome a que mi cara acabe golpeando el puño de alguien). Así que no puedo estar más de acuerdo con la filosofía, precisamente, que bulle nítidamente en la película Fahrenheit 451 de François Truffaut basada en el libro de Ray Bradbury: sólo una dictadura, tenga el color que tenga, está necesitada de un Big Brother materializado en un mural-visión omnipresente, no dejando leer cualquier cosa. Cualquiera. Sólo el henchido de dogma –ideología- y de fanatismo quisquilloso (perdonen el pleonasmo), será aquél monstruito que ocupará su ociosidad enfermizamente: quemando libros.

Así, pues, lectores en potencia: lean. En el parque. En todos los parques. En cualquiera de los que adornan esta ciudad y que tanto me reconcilian con ella.

A los “libreros”: dejen que los chavales se lean un libro entero a ratos sin pagar. Es más: acomódenlos en buenos sofás. Créanme, acabarán comprando. Nunca tendrán Vds. mejor labor de marketing.

Todavía recuperándome del brutal incendio en el londinense Camden Lock Market, no muy lejos de allá y no hace mucho conocíamos Blackwells, la legendaria librería de la bellísima Oxford, donde la relación “lector-libro” me impresionara lo suficiente como para escribir estas líneas a modo de homenaje.

Recuerden la advertencia del insigne Bertrand Russell en su apasionada defensa de una sana ociosidad: “Cuando la actividad consciente se concentra por entero en algún propósito definido, el resultado final para la mayoría de la gente es el desequilibrio, acompañado de alguna forma de alteración nerviosa”.

Respeten sus momentos de ocio: son demasiado valiosos.

Imagen: el interior de Blackwells Library, llena de lectores ávidos, como debe ser. Recuerden la aparición de dicho templo del ocio en la inolvidable película sobre el escritor C.S. Lewis: "Tierras de penumbra".

domingo, 10 de febrero de 2008

Goodbye Camden.


Fue a principios de la década de los noventa cuando te conocí: todavía conservabas el aire “post-punk” y la omnipresente niebla, mientras en la City hacía sol. El frío congelaba hasta las neuronas, mientras entre chupas y botas, regateos y bromas con aquella chica de Madrid, veíamos pasar skinheads con sus bufandas futboleras de empalmada, aliviando su temperatura corporal –bajísima de tanta birra, sospecho- con un té en un vaso de plástico.

Y los vinilos, ¡cómo no!, menudas joyas se encontraban en Camden Lock Market.

El itinerario era, fue, el típico: el sábado al mercado de Portobello (donde me hice un tatuaje) y el domingo, Camden Townof course.
La última vez que transité tus venas, ya no había tantos puestos abiertos: casi todo eran ya comercios hechos y derechos, en el 2004. La zona del canal seguía preciosa, pero ¡quién nos iba a decir que veríamos a masajistas en plena calle ejerciendo! Las calles cambian. La ciudad nunca es la misma. La polis, casi como un organismo vivo: madura.

Y eché una pinta de nuevo en un pub, ¡cubano! Ya entonces te echaba de menos: habías crecido, haciéndote once años mayor, como quien ahora te escribe.

Ayer, siguiendo la tradición maldita que comenzara en el siglo XVI de horrorosos incendios londinenses, me sobresaltaste. Hoy, imagino un domingo sin mercado. O un domingo con los restos de un mercado. Tal vez sea así mejor: recordarte como aquellos fríos días de octubre de 1993 con veintipocos…

Queda el recuerdo: siempre.

Sonrisas y lágrimas.


Hace una semana que acudimos a la presentación del libro de Gabriel Albiac en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (con tan bellas como interminables escaleras).

Contra los políticos” es un panfleto: en el sentido más aceptable e ilustrado del término. Los lelos que se dedican a desprestigiar a quien como ellos no piensan con descalificaciones estilo: “ha escrito un panfleto”, se sonrojen por favor, o se dediquen a leer algo sobre el bello arte de saber escribir un panfleto.

Traspasado ya el umbral de tamaña tradición, he de decir que la desazón me invade: precampaña para mí es sinónimo de aburrimiento. Hastío de ver cómo nuestros partidos políticos se endeudan más –todavía más- con entidades financieras para uso y consumo de sus fieles: el merchandising no es barato. Y nunca sale gratis total. Nunca.

¿Qué esperar, a tal efecto, de esas superestructuras empresariales que están muy por encima de las siglas que manejan a su antojo?: las siglas ya no reflejan ideologías ni principios (sólo algunos cándidos individuos que las integran, tal vez), sólo son la máscara de intereses mercantiles de macro-grupos financieros. Su cara mediática es una, dos o más televisiones, algunos periódicos y, por último, la facción que más les interesa de tal o cual partido político.

Así, nos hallamos en pleno y relativamente nuevo invento: la precampaña. Guarden sus arcadas para después del precalentamiento, que todavía queda el festival de derroche, colorines y fotografías con sonrisas enormes, paraíso de cualquier médico estomatólogo…

Amén.

martes, 5 de febrero de 2008

80's


Acelere. Vértigo. Adrenalina y violencia anticlerical. Procesiones ateas con bidón de clarete por Virgen. Verano y mucha, mucha cerveza. Bandas urbanas y las historietas de Azagra en El Jueves. Revival Punk y casas okupadas. Excesos no confesables. Porrazos y carreras. Pelotazos y fuego real. Jaiak bai eta borroka ere bai: Gasteiz, Bilbo, y en el 89 el gigantesco follón en la Semana Grande de Donosti con fuego de postas incluido. Conciertos y... ¿Rock radical vasco?. Todo eso y más fueron para mí los ochenta.

Hasta mediados de la década no comienzo mi carrera en la universidad de la calle. Cosas de las que avergonzarme pero nunca arrepentirme. La vida es una y demasiado corta como para hacerlo. Los ochenta. Multitud de atentados y contra-atentados. Es la década de la guerra sucia dentro de una única sigla a diferencia de los quince años anteriores: los G.A.L. aparecen dando razones a sus "enemigos".

En la Plaza del Castillo se entremezclan los camellos, los secretas y las putas hasta convertirse en lo mismo. La heroína, sistemáticamente trapicheada, hacía estragos como nunca antes.

Aquí lo que está de moda es hablar de los años 60, incluso y ahora más que nunca, de los 70 con su supuesta Transición política a cuestas. Pero los 80... ahí no hay nada de qué presumir... Nada que rascar.

Los 80 y la mierda en el suelo después de un concierto bailando “pogo” como animales. Sangre. Mucha sangre. La violencia en la calle se reproducía después de cada asesinato para-policial, después de cada refugiado etarra entregado, después de cada manifestación por los presos, después de la orden del cierre de los bares a la una – “a la una no nos vamos a la cuna” – , después de cada concierto por el aumento por el precio de la birra y después de cada huelga estudiantil contra la intervención yanki en cualquier parte del planeta (daba igual) o contra los nuevos “chorizos” navarros, en este caso, con sabor socialista.

Todo esto menos estudiar claro. Eso ha venido mucho después. Entonces estaban más de moda las asignaturas del gran follón en el primer ciclo, y del gran exceso en el segundo.

Definitivamente los ochenta fueron unos años de mierda. Los Tijuana cantaron aquel “Que nos dejen en paz”...pero no fue así.

Otros se lo tomaban sólo como dictaban sus escasas neuronas: bombas debajo de mi antigua casa contra un par de sucursales bancarias: la habitual “bomba de las doce de la noche”, como las butizó la extinta “Telenorte”.

Interrupciones en el telediario a la hora de comer, hacían que la UHF (¿o era la VHF?)presentara un aspecto borroso, dejándose oír mientras un comunicado en bilingüe de E.T.A. (y yo con una adolescencia en ciernes, intentando discernir tantísima referencia al "Pueblo trabajador vasco...")

Asesinato de un militar secuestrado por polimilis rebeldes y más asesinatos múltiples que acabarán al final de la década degenerando en indiscriminación pura y dura.

Es mi Pamplona natal, que no deja de despegarse su manto de polarización ideológica ni aun hoy.

Mientras la corrupción y la violencia lo enmarañaban todo, yo conseguía mi primer trabajo. Las primeras nóminas. Post-Navidades con pasta al fin.

No. Nada de qué presumir en los 80 en una Navarra tradicional y terca como siempre y como nunca.


P.S.: Típica "maketa" organizada por el colectivo punk: Katakrak (el heavy era Cocorock, si mal no recuerdo).

jueves, 24 de enero de 2008

Soldado y monje.


De nuevo el credo: Tabligh e Jamaa es el nombre ahora para justificar el “rigorismo”. El wahabismo imperante en el mundo islámico, curiosamente, busca lo mismo (y el salafismo): una interpretación literalista de El Libro. Pero es que siempre damos vueltas sobre lo mismo: ¿ha habido, desde el siglo VII, algún intento serio de “acomodar” el Corán a la realidad circundante? Pocos y totalmente reprimidos, desde el mismo momento de su escritura y expansión.

La Ciudad Condal era el nuevo teatro (maldita la gracia) donde escenificar el asesinato a diestro y siniestro, con la excusa de turno, y con la coña final del martirologio. Ya está bien.

El dogma es claro: la Yihad también. Pueden existir –los hay- creyentes musulmanes que piensen que la Yihad es algo interior, espiritual, pero El Libro no deja lugar a dudas: y un “rigorista” no va a pensar diferente por mucho que le hablen de espiritualismo. Si quieren, sospecho, se vuelven la mar de materialistas estos teócratas: envolverse en algodón, pensar en la mejor manera de colocarse la bomba para asegurar su propia muerte, en cómo explosivos y metralla deben situarse para matar más y mejor, etcétera.

Lo preocupante son los nostálgicos de la Guerra Fría, pensando en que es una “religión de los pobres” (¿opio para los pobres?: Marx dixit) como respuesta a “ofensas” interminables. No tienen en cuenta lo que de infieles y politeístas dice El Libro: “Vuestros dioses son un solo Dios. No hay dioses fuera de Él, el Clemente, el Misericordioso” (Azora II: “La vaca”, “Contra los politeístas"); de lo que de la Yihad dice: “¡Oh, los que creéis! ¡Poneos en guardia! Lanzaos contra nuestros enemigos por grupos o en bloque” (Azora V: “La mesa”, “Obligación de acudir a la guerra santa”)

Nada justifica lo que estos miserables intentaban hacer de nuevo. Nada. Buscar retorcidas excusas para sus asesinatos colectivos y suicidios –que bien pudieran hacer lo segundo sin lo primero: ¿o no lo decimos de los ignominiosos seres que matan a sus compañeras y luego se suicidan?-, buscar excusas, decía, en las condiciones sociales en que estos “encantos” nacieron o en sospechosísimas complicidades y guiños de religiosos de otros dogmas, me parecen siniestros por estúpidos. Tampoco tienen en cuenta la máxima, que pretenden literal en la praxis: “¡Oh, los que creéis! No toméis a judíos y cristianos por amigos: los unos son amigos de los otros. Quien de vosotros los tome por amigos, será uno de ellos. Dios no conduce a la gente de los injustos” (Azora V: “La mesa”, “Prohibición a los creyentes a pactar con judíos y cristianos”).

Vuelve el engendro: “mitad monje y mitad soldado”, reciente. Ahora, en el mundo musulmán. Éste es el que debe decidir el cambio: la maltratada Ayaan Hirsi Ali en su “Yo acuso”, no se cansa de repetirlo con pasmante ingenuidad. Se necesita a un Voltaire. Demasiado para ellos: los tenidos por “moderados” en Francia, pidieron no estudiar a tamaño infiel en las escuelas públicas, intentando reventar desde dentro la larga tradición de La République.

Vuelve de nuevo. Soldado y monje en uno.


Imagen: la valiente Ayaan Hirsi Ali. Mujer que conoce bien el mundo musulmán, del que ha ido renegando muy lentamente (a pesar de haber sido mutilada sexualmente de niña, en nombre de dicha religión), hasta reivindicar su condición de no creyente. Un ejemplo a reivindicar, de quien conoce bien ambos mundos: el creyente musulmán y el occidental. Siempre será defendida por quien suscribe. Léanla, por favor.

jueves, 17 de enero de 2008

Odiseo regresando.


A una hora de vuelo de Venezuela (Tirano Banderas de rojizos colores al frente) y a poco más de Colombia: seguimos, en ratos tontos, la cadena de imágenes que se sucedían sobre la liberación de Clara Rojas y Consuelo González de Perdomo, en las cadenas de ambos países. Y, de nuevo y muy fugaz (pues de vacaciones nos hallábamos) nos recorrió una conocida sensación agridulce: son más los secuestrados por las estalinianas FARC, que los presos que tiene ETA en la actualidad, por ejemplo. Muchos más y en peores condiciones aquéllos, en mitad de la selva colombiana.

Seguíamos, a diferente velocidad (de eso tratan los días de asueto) el devenir del tiempo. Notábamos grano a grano de arena blanquísima en el inflexible reloj que va marcando el tiempo, el inexorable paso del mismo, .

Sin embargo y debido a los acontecimientos personales de los que uno quería quitarse estrés acumulado, las reflexiones al sol caribeño venían a borbotones de la mano de Homero. La diosa Atenea, “la de claras pupilas”, llega a subrayar una de tantas mencionadas reflexiones de manera inmisericorde pero real: “Ni aun los dioses podrían librar de la muerte, que a todos es común, al más caro varón, una vez se apodera de él la Parca funesta y le da una muerte tristísima”.

Tristísima pero segura. La muerte. No hay otro final para nuestra especie. Sólo cuando vemos las “orejas al lobo” en nosotros mismos o entre quienes nos rodean, acabamos por ver materializada tal obviedad.

Pero antes del tétrico final, no por no sabido pero sí por “disimulado” a uno mismo (Freud estudió bastante el tema a través del “Tánatos” o “pulsión de muerte”), nos queda la vida: una parte de ella es la amistad. Aquélla que se rige por afectos y complicidades muy por encima de desavenencias superfluas (las políticas: las más de todas).

Así, el rey Alcinoo, hablando a los feacios, “los buenos remeros”, concluye acertadísimamente:

“Ciertamente podría decirte que no es nunca inferior a un hermano un amigo prudente”.

Queda la amistad. Sigue la vida: en el regreso trepidante.

Imagen: Odiseo (Ulises), el fuerte, inteligente e involuntario protagonista de su aventura. Ni siquiera la diosa Calipso, ni el tonto y forzudo Cíclope hijo de todo un dios como Poseidón, pudieron interrumpir su firme y larguísimo regreso a Ítaca...